3:38 pm - Jueves Julio 27, 2017

Julio Guzmán no es una víctima

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JULIO GUZMAN

Decidí no publicar nada sobre estas elecciones luego del amargo final en el que se convirtió mi experiencia apoyando a un candidato presidencial. Y lo hice no por algún rezago de respeto hacia él. No. Tomé esa decisión por todas las personas que invirtieron sus sueños, esperanzas e ilusiones en un proyecto que iniciamos hace más de 2 años con mucho entusiasmo. El 7 de febrero, luego de mi renuncia a su campaña, pensé que por responsabilidad con el país debía decir todo lo que sé; luego de que el JNE lo sacó la carrera, entendí que ya no tenía sentido hablar y me mordí la lengua, y los dedos también. Ahora que han pasado los días, creo que debo aclarar algunas cosas por respeto a todos aquellos que, a través mío, creyeron en él; por consideración a mi familia, a mis amigos, a aquellos que siguen apoyándolo porque no saben la verdad, y al país, porque me subleva que levante la bandera de la democracia cuando ni siquiera conoce el significado de la misma. Me queda claro que el Perú se salvó de un candidato sin valores éticos y morales, un candidato que me demostró a tiempo lo que hace el poder con la mayoría de seres humanos.

Voy a ser presidente

Una persona a la que quiero y respeto me presentó a Julio Guzmán en una cafetería miraflorina, en diciembre de 2013. Empezábamos la charla cuando, sin ningún preludio, me dijo: “voy a ser presidente del Perú y te necesito para lograrlo”. Yo venía intentando generar cambios desde distintas instituciones del Estado hacía muchos años y encontré en él a la persona que podía liderar las grandes reformas que, entiendo, son necesarias para salir del hoyo en el que está el Perú desde que tenemos memoria. Él habló. Yo escuché. Le creí. Recuerdo con claridad la última escena de esa mañana: le pedí que me mirara a los ojos y me dijera qué es lo que iba a pasar si cambiaba su visión, si todo lo que me había dicho era mentira, si el poder se lo comía y se convertía en uno más de aquellos políticos que tanto daño le han hecho al país… “Yo te juro que eso no va a ocurrir pero, si pasa, eres periodista, y tienes toda la libertad para destruirme”, me respondió. Y pasó. Y aquí estoy, pero no para destruirlo, no es mi estilo, sino para explicar algunos acontecimientos ocurridos en los últimos meses de la campaña hasta mi renuncia, con el único objetivo de que entiendan que Guzmán no es una víctima de elenco estable, sino, más bien, de un ego exacerbado y de una soberbia desmedida.

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La sorpresa de mis colegas periodistas cuando les dije que ya no estaba más con Julio, fue grande. No lo entendían y muchos salivaban esperando que lo cuente todo. “Me fui porque no estoy de acuerdo con muchas cosas que vienen ocurriendo al interior de la campaña. Es un tema de principios”, fue lo único que les pude decir. Recuerdo el mensaje de uno de ellos: “No tiene sentido tu renuncia. Nadie se va de una campaña cuando logra llevar a su candidato al 20% en las encuestas. Cuenta lo que ha pasado”. Pero no pude.

Julio Guzmán y yo éramos un equipo. Siempre me decía que confiaba en muy pocas personas. Entre ellas, yo, claro. Yo creía plenamente en él y adopté una actitud protectora; lo defendía con uñas y dientes frente a cualquier ataque, en espacios públicos y privados. Me consultaba todo (o eso me hacía creer). Era su jefa de comunicaciones y de prensa, su camarógrafa y su fotógrafa, su asesora, su abogada, su asistente, su chaleco, su hermana, su madre, su amiga… Todos cargos ad honorem, por supuesto. Mis consejos y críticas, que no fueron pocas, siempre se las hacía a puertas cerradas, y aunque sabía que estas últimas no le gustaban, siempre me escuchaba. Y así avanzamos hasta que comenzó a subir en las encuestas y se empezó a rodear de esas personas con mala entraña que abundan en el mundo, que le decían lo que era “mejor” para la campaña y sus objetivos. Mis desacuerdos con él fueron cada vez más estructurales y constantes y, así, poco a poco, me convertí en su principal crítica, en la persona que le cuestionaba las cosas importantes. Eso no le gustaba y se molestaba mucho conmigo. Entonces no me contó más, porque, según sus propias palabras, él no necesitaba que cuestionen sus decisiones, porque solo debía estar cerca de personas que mataran por él sin preguntar, porque él debía ser presidente a como de lugar y porque discrepar con él significaba desconfiar de él. Esos argumentos quebraron todo lo que, pensaba, habíamos construido. Me di cuenta de que el proyecto no era nuestro, sino suyo, y que haría lo que fuera por lograr su objetivo, hasta hipotecar a quienes dieron todo por aquel proyecto colectivo, por aquel proyecto de país. Conmigo no lo hizo una vez, sino varias veces. Incluso, después de un tiempo supe que sin yo haberle pedido formar parte de su lista al Congreso que fue votada en las internas, me vetó (junto con su hermana), argumentando que podía ser muy incómoda para sus fines dentro del parlamento. Ese, es Julio Guzmán.

Su “injusta exclusión del proceso electoral”

Estas últimas semanas me he sentido impotente al escuchar a Julio Guzmán decir que su exclusión del proceso fue una “injusticia”. A él y a un grupo de sus seguidores que, sabiendo la verdad, son capaces de hacer lo que sea por un poco de poder.

Para mí, la democracia es a un país, como la democracia interna es a los partidos políticos. Así de simple. Julio Guzmán no cumplió, a pesar de que fue advertido, con las normas que rigen para este proceso (ni con las internas ni con las de los organismos electorales). Y digo Julio Guzmán, porque aquí el partido Todos por el Perú no es responsable de nada. Él recibió el partido y dispuso de él a su antojo.

Resulta irresponsable que se pasee por medios nacionales e internacionales, y por organismos supranacionales, afirmando que esto es un fraude, cuando es clarísimo que vulneró las normas electorales. Decir que su exclusión es injusta es una patraña más para victimizarse. Es evidente que ha habido un manejo político/corrupto por parte de los miembros del JNE (no somos idiotas); es claro que, como resultado de la trasnochada aprobación de las modificaciones a las normas electorales hechas por el Congreso de la República, se generó un caos inaceptable en el proceso, pero la injusticia no está en que hayan excluido a Guzmán de la carrera electoral, sino en que no haya ocurrido lo mismo con otros candidatos. Esto último, no convierte en injusto su caso.

Somos un país con tan poca institucionalidad; nuestro sistema de partidos es tan poco formal, que nos creemos el cuento de que no cumplir con las normas electorales es un asunto de mero trámite administrativo. Y como el ex candidato lo sabe, convirtió ese argumento en su principal escudo. Pero no pues, la norma es la norma, te guste o no. Y si no la cumpliste, atente a las consecuencias. Punto.

Es increible verlo gritar por calles y plazas que este proceso es fraudulento por las causas que lo han afectado, sobre todo, utilizando a los jóvenes que con purita pasión creyeron y aún creen en él. Esa actitud, cuyo propósito es justificar su irresponsabilidad en el manejo del partido, habla muy mal de él. Además, eso no solo le hace daño a un proceso, ya de por sí magullado, sino que afecta al país y a la democracia, que con tanto esfuerzo y dolor hemos recuperado.

No voy a profundizar en la larga lista de causas, decisiones y pruebas que me llevaron a renunciar, las mismas que van mucho más allá de las razones que lo sacaron de carrera. Y no lo haré por respeto a algunas personas que formaron parte del equipo, cuyo trabajo fue de primera, y por el partido (y sus fundadores), institución a la que valoro por su trayectoria democrática.

A quienes siguen en esta insensata campaña de Guzmán, no puedo pedirles perdón por decir la verdad, solo espero que entiendan que alguien tenía que decirla.
Julio Guzmán me mintió aquella mañana en un café miraflorino. El proyecto que lideró, nunca fue de Todos, y es que sus prácticas poco democráticas revelaron a un ser, más bien, autoritario. Por eso me alejé de él, porque yo no le vendo mis principios a nadie, porque nunca he necesitado “poder” para aportarle a la patria, y porque no acepto las mordazas y nunca jamás voy a dejar de decir lo que pienso.

Ahora tenemos algo mucho más importante en lo que pensar. Este domingo iremos a decidir nuestro destino para los próximo 5 años. Aún no sé por quién voy a votar, pero sé bien por quién no lo haré. No votaré por el regreso al pasado delincuencial del fujimorismo; no votaré por la primera dama del dictador que nos sumió en la más grande miseria; no votaré por la hija que le dio la espalda a la madre, ni por la mujer que avaló las esterilizaciones forzadas practicadas a sus pares; no votaré por la cómplice de un gobierno que mató a muchos inocentes y que se robó la plata de todos los peruanos. La marcha del martes, que recordó el trágico 5 de abril de 1992, fue muy emotiva y me ha devuelto la esperanza en mi país. Siento que somos un pueblo que se levanta ante la injusticia y el olvido, y que es capaz de movilizar miles de corazones con memoria para decir #KeikoNoVa #FujimoriNuncaMas .

Viernes 8 de Abril 2016

Por : Marjorie Palma  

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